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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Caná para el desgaste

Jorge Ambert, SJ


Caná, para aquella parejita aldeana que comenzaba con entusiasmo su misión de crear un hogar, fue el momento de un comienzo espectacular celebrado con una semana de jolgorio. Pero les faltó el vino. El momento inicial fue de fuegos artificiales, como el cohete que estruendoso rompe la atmósfera para subir a la estratosfera victorioso. Toda pareja que comienza con una buena preparación, una buena zapata del edificio, experimentará la dulzura de la luna de miel. Pero también hay que estar preparados para cuando falte el vino. Ese momento, más tarde o temprano, más débil o estruendoso, se presentará el desgaste. Te faltará el vino.


En los talleres a novios suelo decir que el matrimonio es como el flamboyán: comienza con flores y termina con vainas. El desgaste es parte de la experiencia humana. Ninguna experiencia, por más maravillosa, permanece en el entusiasmo inicial. O se deteriora y muere. O crece y se transforma. Faltará vino. Un somelier divino será la diferencia.


El desgaste vendrá cuando no se está atento a la marcha de la relación. Los comerciantes, por malos que sean, están atentos al movimiento del mercado; qué se vende, cómo actúa la competencia, cuál es la moda. Y es así porque quieren medrar en su oficio. Descuidar esa atención al mercado significará la bancarrota. ¿Por qué los matrimonios no mantienen esa misma actitud? Buen ejercicio que suelo aconsejar es que la pareja saque un tiempo, semanal o mensual, para brevemente recordar lo positivo logrado y agradecerlo al otro,y ventilar lo que no me gustó o, a mi entender, nos saca del camino. Eso es hacer el inventario.


El desgaste se mostrará cuando ya desaparecen los detalles (falta el vino) de la expresión amorosa. Lo que no se expresa no existe, me dice el adagio. El amor necesita un lenguaje, pero que la otra persona entienda como expresión de lo que significa para el otro. Si hablas con un chino, o aprendes mandarían o lenguaje de señas. Si no, permaneceremos al lado uno del otro como dos estatuas. Y ese es el desgaste que sufren muchas parejas.


Y esto sucede porque nos come la rutina, porque damos las cosas por supuesto, cuando no buscamos formas nuevas de decir lo mismo, cuando no rompemos la rutina con algo inesperado, sorpresivo, que fomente el amor. La indiferencia es triste desgaste, porque lo que indica es que la otra persona ya no interesa. Caemos en lo que se quejaba el Apocalipsis: “como no eres ni frío ni caliente estoy para vomitarte de mi boca”. Hace falta vino. Es momento de que el Espíritu sople nuevas formas de renacer lo que se torna moribundo.


Es grande el desgaste cuando a uno de los dos no le atrae el hogar. Hogar significa fuego, calor acogedor. Pero el desgaste lo ve como el lugar del tedio. Y entonces, como la casa está congelada, prefiero quedarme en el trabajo, o dándome el trago con los amigos, hasta que sea hora de dormir y llegar al hogar para eso: para dormir. El vino de Jesús está ausente; lo suplimos con el ‘vino canario’ de las actividades por fuera. O peor, comenzamos a fomentar relaciones fuera, para comenzar de nuevo, engañosamente, el ciclo de la infatuación y flores primeras.


El matrimonio no se realiza cuando dices que SI ante el sacerdote el día de la boda. Es tarea de cada día. Es como el pan: el de ayer ya está duro, hay que hornear para hoy. Un maravilloso edificio, como vemos ya varios en las avenidas, si no es habitado y mantenido cada día, termina como hospitalillo, o vandalizado por los rateros, o casa de cucarachas y ratones. Caná nos habla de que la alegría genuina del primer día puede seguir. Solo cuando el divino Rabí aparece en escena y convierte tu realidad humana deficiente en vino de gran calidad.

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