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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

EN SALUD Y ENFERMEDAD

Padre Jorge Ambert, S.J.


Una pareja amiga, desaparecida por años en busca de calidad de vida en la Florida, me escribía lo bueno y lo triste. Se habían unido por años a la iglesia Bautista, y decidían ahora regresar como católicos. “Rezo todos los días el rosario y ahora a mi esposo le comienza el Parkinson!” “Pues necesitas poder, le comenté, para enfrentar la situación que te espera”. Su respuesta me enterneció: “Si, lo sé, padrecito, pero hace 53 años de eso. Nunca me olvido ‘en la salud y en la enfermedad’ y así será hasta el final mío o el de él. No ha sido fácil, pero valió la pena: dos hijos hembra y varón, seis nietos tres hombres y tres varones, y dos bellas biznietas; ¡qué más bendición que esto! Cuando me sacaron un riñón, pues tenía cáncer, el me cuidó como una princesa. Así lo cuidaré a él. “



Expresión maravillosa de entender el compromiso matrimonial. No es para pasar un fin de semana en Culebra con una persona agradable. ¡A quién no le gusta eso! Es compartir una vida: sus noches de ilusión y sueños, el amanecer del sudor, las ilusiones, los malos humores, los desatinos, las decepciones. ¡¡Pues la vida es un centro comercial donde “pide, que hay!!”


Qué pena escuchar la anécdota del esposo, suya compañera quedaba parapléjica después de un accidente. “Fírmame el divorcio, le pidió, que yo no nací para ser tu enfermero”. Qué diferente el anciano cuya esposa, con Alzheimer total, está recluida en el home en tiempos de COVID, y el deseaba desesperadamente ver a su Isabel. Lo lleva la familia para que desde la acera viera a Isabel tras un cristal. La ve y el deposita la mano sobre el frio cristal. Isabel le mira y como desdibujando vagos recuerdos, pone su mano en el cristal sobre la de él. ¡Y se miran! Dice el Kempis “Es fácil seguir a Jesús hasta el Tabor; pero se trata de acompañarlo al Calvario”

Es el ejemplo de la esposa, ofendida tantas veces por el esposo. A el le propinó un batazo la persona a quien reclamaba una deuda. Alí le visité en el Centro Médico, donde se esperaba por la salida afortunada del enfermo. En aquella fría sala sentada por horas a su lado, en espera esperanzada, estaba la esposa. Otra hubiese clamado “llama a las que te entretuvieron antes pa que te cuiden”, en protesta. Pero ella era la esposa y allí estaba en amorosa espera.


El buen amigo se conoce en la tribulación, dicen. Es el niño que ve llorar al abuelo por la defunción de la esposa. Se le mete en el seno. ¿Qué haces?, le preguntan. “Le estoy ayudando a llorar”, declara. Es el amor esponsal supremo: la esposa del patricio romano, condenado a muerte clavándose un puñal. Su esposa le arrebata el puñal al verdugo, lo hunde en su propio pecho, y exclama alargándolo al marido “Toma, no duele”.


No es fácil esta visión de vida para el egoísmo que portamos en las entrañas desde el nacimiento. Por eso, y por más que eso, la fe necesita una fuerza adicional, la fuerza del sacramento. Es la promesa de Jesús, quien concede la misión, pero no envía solos al sacrificio. El amor es más fuerte que la muerte, cuando conlleva una presencia de la fuerza de Dios que es el Espíritu Santo. Es una fuerza admirable para que, cuando la mayoría se tranca y dice No, puedas tu, por ese don especial, seguir diciendo que Si. La única enfermedad no es la muerte física, que nos vendrá a todos. Hay muchas muertes continuas en la relación: debilidades de carácter, pasiones dominantes que asoman continuamente la cara. Entonces, el estar a las verdes y a las maduras es posible con esa fuerza misteriosa. Jesús la ofrece a todo el que recibe la misión de vivir el amor creando un hogar. Pero es una oferta que se desea recibir, se pide, se fomenta.

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