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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

¡Que Vivan los Casados!

Mi padre decía que el amor es como el flamboyán: comienza con flores y termina con vainas. Muchos aprobamos con una sonrisa. Es esta mezcla de Quijote y Sancho, de ideal y realidad, presente en la condición humana. Pero es visión pesimista ponerlo así, dejar que la amargura y la desilusión de lo real quite de la vista el hecho de que lo real conserva también dulzura, si con mi mente la pongo y la veo.


El matrimonio es bello. Hay que afirmarlo una vez más, aunque a algunos le parezca una afirmación de fe inaudita. Las infelicidades que presentan algunos al casarse son el producto de ellos mismos. El matrimonio da felicidad porque para eso lo inventó el Creador. Basta de decir que el matrimonio es la tumba del amor. Sería como decirle al Creador que se equivocó, que tendió una trampa a sus hijos al hacerlos sexuados y con el ansia de fundir la vida con la del otro.


¡No es que seamos ingenuos pensando que la relación de convivencia continua en el matrimonio sea un pirulí! Existen tensiones. A un famoso actor de cine, fuera de común por haber permanecido muchos años en un solo matrimonio, le preguntaron si no había pensado alguna vez en divorciarse. "No, respondió, pero sí pensé muchas veces en estrangularla".


El matrimonio es bello. Es bueno que los novios, prontos a casarse, escuchen el mensaje. Que los que reciban la llamada divina a esta tarea la acepten sin reserva, con todas sus consecuencias. Hay muchos que rehúyen el compromiso pleno. Se trata de matrimonio (para nosotros los creyentes), de sacramento, señal en este mundo de cómo Cristo ama a ese mismo mundo. Se trata de matrimonio: una relación fundada en un Sí con ribetes de absoluto, que no se puede entender sin engarzarla en lo divino.


Este es un mensaje de RENOVACION CONYUGAL.



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