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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Llegar a acuerdos

Padre Jorge Ambert, S.J.


“Hablando la gente se entiende”, dicen y con razón. Por eso la comunicación es lo principal en los casados. Y yo digo que el matrimonio, en la práctica, es un continuo acuerdo de mutua satisfacción. Yo entiendo, desde mi egoísmo, que esa persona va a llenar las variadas necesidades que me oprimen. Pero debo lograr que esa persona entienda lo que necesito, y que se comprometa, en algún grado, a satisfacerlo; y recíprocamente yo a ella. La palabra ‘recíproco’ es capital. No es el varón sobre la hembra ni al revés.


Los acuerdos alivian las tensiones. Perú y Ecuador entraron en guerras varias veces por sus fronteras territoriales. Hasta que se sentaron los diplomáticos de ambos a firmar acuerdos de paz. En el acuerdo aclaras a la otra parte lo que te satisface en un tema concreto: la cocina, por ejemplo. Se puede dar que otra parte reconozca que en cocina puedes funcionar como cinco, no como diez. Aclaramos con sinceridad los deseos y posibilidades de ambos. No vengo con agendas encubiertas. ¡O con un as debajo de la manga!



Los acuerdos, como las leyes, hay que revisarlos para evaluar si consiguen la paz. O de enmendar cláusulas, o anular esa ley. Es un momento para, transparentes, que mi cónyuge conozca mis fortalezas, debilidades, gozos, rechazos. Los acuerdos te ayudan a poner los pies sobre la tierra, a no querer que tu pareja sea naranja cuando es limón, a convertir tus expectativas en realidades, no en sueños románticos e imposibles.


Son varios los temas sobre los cuales elaborar acuerdos. En nuestras charlas hablamos de ocho situaciones. Mejor trabajar con un tema que ambos reconocen como crucial en el momento que están viviendo. O donde más insatisfacción se experimenta. Primero los más problemáticos para ambos. Hay que ser bien prácticos. Uno de esos temas puede ser la situación financiera. Uno es tacaño, el otro botarate. Hay que hablar y acordar. Acordar quién lleva las cuentas, en qué gastamos, qué nos prohibimos por ahora, qué gustos de ambos podemos prevenir y para cuándo. Y desde luego, es más fácil bregar con una o dos situaciones, no multiplicar las áreas de trabajo. El que mucho abarca no encontrará correa suficiente.


El que entra en acuerdos está preparado para reconocer que no siempre sus deseos se lograrán cien por ciento. Hay momentos de aplicar aquello de ‘dar del ala para comer de la pechuga’. Pero ¡importante!, no vienes aquí como plenipotenciario de tu país para llevarte la mejor tajada. No somos diplomáticos de la ONU. Somos parejas que nos amamos, o sea, que mi continuo deseo es cómo yo bregar para que mi pareja sea más de lo que es por lo que yo le regalo. No es regateo en la tienda del árabe. Es buscar formas de entender y complacer a ese ser único para mí, sin al mismo tiempo quedar yo en la rueda de abajo con amargura o resentimientos. Si ese es el resultado, no hablamos de acuerdos matrimoniales. Seriamos como Hitler firmando un pacto con la odiada Rusia en lo que puede atacar tranquilo a Polonia, y luego meterse de lleno con su rival. En los acuerdos matrimoniales el objetivo es la mejor felicidad y contento de ambos.


Al buscar acuerdos se entiende que ambos gozan de los mismos derechos y obligaciones. No se viene a imponer lo mío, como en la fábula de alianza de varios animales para cazar junto con el león. Al llegar el momento de repartirse los pedazos de la caza, el león se las arregla para quedarse con todo ‘¡porque es el león!’. Ir con solo esa intención daña el arreglo. Dice San Pablo: “Amen con sinceridad: aborrezcan el mal y tengan pasión por el bien. En el amor entre hermanos demuéstrense cariño, estimando a los otros como más dignos. Con celo incansable y fervor de espíritu sirvan al Señor (Rom 12: 9-11)”. Esto vale para todos. De forma especial para los casados.



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