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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Amor a Gritos?

Recuerdo el triste momento que narraba una pareja. Habían llegado en su jeep al pleno campo, entre colinas y quebradas tan propias nuestras. A la esposa se le ocurrió darles una ‘trillita’ a sus tres nenas montadas en el jeep. Cabrioleaba el carro con inclinaciones a uno y otro lado.  El esposo, irritado y colérico viendo la escena, comenzó a gritarle impropios a su esposa mientras se acercaba corriendo al jeep. “Eres una loca, canto e’ bruta, cómo se te ocurre esto, y con las nenas”. Los improperios eran fuertes: la queja meritoria, sus expresiones de desprecio intolerables. La esposa llorando le decía “tienes razón; cometí un error, pero no me trates así”.   Pues así es como hay que hablarte, para que no seas tan bruta…” (Los puntos suspensivos hablan mucho).

En la pareja pueden suceder errores reales, sin malicia, o razón alguna. Pero el lenguaje violento, desarbolado, despreciativo hace el ser amado, no se puede tolerar. Y menos indicar que lo que le mueve es el amor. Recuerdo una emisora FM cuyo lema era “a los que uno ama no les grita”, tal vez aludiendo a la programación de música escandalosa propia de otros colegas.  El tema es la violencia conyugal. Un conferencista mejicano, hablando del tema, exponía: “Es doloroso reconocerlo; en México la violencia familiar ha crecido un 100% durante la cuarentena, siendo 209 las mujeres asesinadas durante este periodo”. Infame.

Hay que reconocer que el hecho del encierro, mucho más en familias con viviendas inadecuadas, sin mucho espacio de movimiento, es caldo propicio para que se pierdan los estribos.  El amor, sin duda, convierte en algo reconocido y cotidiano a los amantes, lo que puede propiciar el perderse el respeto a esa persona.  Ante quien no conozco, aunque me saque de quicio, por educación me reprimo, o me alejo del lugar.  Ante un cónyuge la cosa no es tan sencilla.  Nos conocemos profundamente y en momentos de tensión lo que surge sobre el otro son  sus debilidades, sus talones de Aquiles.  Resulta, entonces, una batalla, en que todos pierden la guerra.  Y el amor se lacera, tal vez de forma incurable.

Somos realistas. Ante las tensiones (cansancio, no hay trabajo, los fondos se acaban, las ayudas se mueven como elefante reumático…) se nos olvida lo que los indoctos jíbaros expresaban  “a la ujier no se le toca ni con los pétalos de una flor”.  Lo mínimo ante el perder la chaveta es reconocerlo como error, humillarse pidiendo el perdón, sanarlos con nuevas expresiones de la valía de la persa injuriada.  E ir más hondo: reconocer que esa amargura, violencia y oscuridad no son fruto del COVID.  Ya estaban en tu cerebro, esperando el momento de manifestarse.  Derecho tienes a encolerizarte ante lo que a tu parecer es disgustante.  Pero nunca tendrá derecho para tomarlo personal con injurias a la valía de tu pareja.  Que tu cónyuge esté seguro de que vas a expresarte con vocabulario inexpresable, o que romperás algún mueble, pero que su persona estará tranquila,  pues eres intocable. La anormalidad de esta cuarentena ha suprimido otras válvulas de escape: paseo, diversión, deporte.  Pero ‘ojo al pillo’.

La mejor medicina es matar el machismo, para algunos varones. Y mejor, recuperar el aprecio por la familia, redescubrir el tesoro de tener familia, de sentirse familia, de bendecir y agradecer todo lo positivo que caracteriza a tu pareja. Y trabajar, con esperanza, en reconocer tus heridas espirituales,  y trabajar por abundar en el autodominio y en tus valores humanos. Aplícate lo que decían los obreros de la JOC COM parte de su visión cristiana del oficio: “Ni máquinas, ni bestias… ¡hijos de Dios!


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