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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

El Maltrato Familiar

Para indicar el deterioro de la humanidad naciente, el Génesis presenta la historia de Caín y Abel: la muerte, la pérdida del gran don de la vida, entra en el mundo como un fratricidio. Porque, toda violencia, toda muerte -física o emocional- es un fratricidio, una alteración de la armonía familiar.


Los efectos de este desequilibrio, en que la sangre mía atenta contra mi sangre por la mala palabra, por el desprecio emocional, por el golpe físico, aparecen maravillosamente pintados en la parábola del Hijo Pródigo. Es el hijo que resquebraja la armonía familiar, llevándose, descarado, el dinero de su herencia, para vivir disipadamente. Y como el dinero se va, aprende con esa pérdida el valor de lo que anteriormente despreció. Porque, al menos para comer lo mínimo, su padre era el mejor resuelve.


Aquel hijo menor aprende dándose contra el piso. Y la enseñanza es que "lejos del padre y de la casa paterna lo único que queda es cuidar puercos". o como dijo otro de nuestros insignes varones. "Cuando uno comienza a resbalar, no para sino en la quebrada." El desprecio y desestima de la casa paterna ha hecho que muchas de nuestras familias terminen, simbólicamente, cuidando puercos. Para el judío el puerco era el símbolo de la mayor inmundicia. Y las páginas del periódico todos los días exponen los puercos que nuestras familias van amontonando: puercos de puñaladas, de traiciones fraternas, de golpes salvajes a miembros indefensos, de bofetadas morales a seres en formación, de hundimiento de la autoestima, lo que a su vez seguirá produciendo en progresión aritmética en los futuros padres más golpes a nuestro pueblo.


Por eso conviene que todos, o algunos, griten las palabras que vinieron a la mente del hijo Pródigo: "Me levantaré e iré a mi Padre". No era el plan divino una porqueriza. No debe haber enemigos, ¿y por qué crearlos en nuestro propio hogar? Me levantaré e iré a mi Padre, a la reconciliación, al diálogo, al sacrificio de mi yo por el que es mi yo, carne de mi carne y hueso de mis huesos. Así habla San Pablo al indicarle al marido de Efeso que nadie maltrata su propia carne. Porque por el don y entrega del matrimonio ella llega a ser parte de él, en esa nuevo criatura en que dos son una sola carne. Ese es el grito explayamos ante tanta cruel noticia de maltrato y abuso de la mujer. Y ya es hora de que alguien lo pronuncie con elocuencia.

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