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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Dolor en Regalo

A una de nuestras conferenciantes en Renovación Conyugal, que analizaba con profundidad y crudeza lo sufrido por los errores cometidos en su relación matrimonial, le pregunté: ¿Y qué te anima a analizar eso tan íntimo delante de otras parejas? Respondió: “Es una forma de convertir el dolor en regalo”. Le di vueltas a la frase. Todos guardamos nuestros trapitos sucios en lo obscuro. Parece falta de autoestima confesar ante otros, peor si son desconocidos, mis intimidades. Se trata de convertir lo que me humilló y dolió en algo positivo para uno mismo y para otros. Sobre todo ‘para otros’. Porque es convertir eso difícil como algo positivo, para que otro no sufra ni caiga en lo mismo.


En el salmo 50, luego de estar pidiendo ardorosamente a Dios que perdone su culpa, luego de reconocer que merece cualquier castigo, luego de pedir que no le quite su santo espíritu, regocijado exclama, afirmando un compromiso: “Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.” Es como una forma de agradecimiento al don del perdón recibido, de la lección aprendida, de la madurez lograda. Es la misión que recibe el endemoniado de Gerasa. Ha sido liberado por Jesús de los terribles demonios que le quejaban; expresa agradecido el deseo de irse con Jesús a seguirlo como discípulo. Pero el Maestro no le acepta. La misión será diferente:” Vete a los tuyos, a tu parentela y cuéntales todo lo que el Señor ha hecho contigo por su misericordia.”


Es una forma de sacarle provecho a lo que en si era deleznable, odioso, lo que nunca debía haber ocurrido. Es convertir el dolor en regalo, para que otro, que quizás pasa por el mismo dolor, lo convierta en misericordia divina, en crecimiento cristiano. Es un regalo, bien íntimo y apreciable, que le doy al necesitado. Y el regalo brota de mi dolor, como el abono, tan útil a la planta, brota del desecho orgánico. El sentirme misericordiado me convierte en misericordia para con otros. Y eso, aunque sea aceptando mis propias miserias anteriores.

Dice la Escritura: “Ay del solo, porque si se cae no tiene quien le levante”. En nuestra predicación cristiana nos apoyamos en nuestra miseria superada como un aliciente para que otros, en iguales condiciones, también superen lo negativo. De lo que era una piedra tosca, inapreciable, saco un diamante escondido en lo profundo. De una tonelada de piedra marmórea produzco un hermoso David, como Miguel Ángel. Es el testimonio como prueba de que lo que es teoría no se queda en meras posibilidades poéticas. Es posible hacerlo realidad, porque yo lo conseguí: de mi dolor un regalo. Los apóstoles llenaron el mundo con el mensaje de que Jesús era Dios, que el Padre lo resucitó glorioso de la tumba, y que ese mismo proceso de glorificación final se nos ofrece a nosotros. Lo predicaban desde su propia experiencia: ¡yo lo vi! Y confirman su palabra ofreciendo su sangre como testimonio de veracidad.


Cuentan de San Ignacio que cuando veía que uno de sus discípulos estaba flojo en una virtud, le mandaba predicarle al grupo sobre esa virtud. ¡Para que lo que diga a otros le aproveche a él mismo! A ti lo digo Juan para que lo entiendas Pedro. Confesar tu propia debilidad, aceptar de frente tu propio dolor, que sea para levantar el agradecimiento a su punto final. Es gracia divina cuando uno se topa con personas que esto lo viven, y que sabes que no son pura palabrería. Son hechos. Constatados por la forma diferente en que ahora vives. Y confesarlo ante otros es una ayuda para tu propio crecimiento. Así sacas algo provechoso de la batuta. Es como un reciclaje divino.


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