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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Agua y Ajo

Nos contaba un compañero que, al final de su boda el suegro se le acercó, le dio la mano, y sentenció: “Agua y ajo”. El joven se quedó sorprendido tratando de entender el mensaje. “¿Qué quiso decirme, Don Carlos?” le preguntó. “Que de ahora en adelante es Aguantar y a ‘Jorobarse’”. En el fondo es la idea de que el matrimonio es echarse la soga al cuello. O cantar ‘ya me casé, ya me chavé.’ Sin duda que es una manera realista de reconocer que la empresa es ardua. No sale a la primera. Habrá momentos de tensión, de frustraciones, de dolores amargos; así es la vida. Thomas Edison consiguió su bombilla incandescente después de cientos que se le quemaron. Si Colón se hubiera casado y le dijese a su mujer que iba buscar a las Indias, allí mismo la mujer le hubiera roto las velas a las carabelas.


Construir un hogar, vivir el amor, con su dulzura y sus sudores, es realista. Pero no es lo único que aparecerá en ese hogar. No todos los días serán noche de Navidad, pero tampoco será un sinsentido y doloroso Viernes Santo. El que es realista conoce lo que viene, pero dirá: “voy a mí”. Lo peor es no contar con los momentos duros del matrimonio, y creerse que todo será una luna de miel. El joven criado en una burbuja de síes, todo se le concedió, al que no se le dejó trabajar sus propios éxitos, se llevará desilusiones. Porque en el matrimonio hay síes, pero también muchos noes. Y hay que tener la madurez de aceptarlos y hacer limonada con los limones. La mejor educación es la que agradece los síes, pero también sabe llevar con garbo los noes.


Por eso, al construir un hogar, hay que cultivar como cualidad esencial la actitud positiva. Hay que saberse reír hasta de uno mismo, de las propias limitaciones y errores. Qué bonito poder decir: “En mi hogar nos faltan muchas cosas, pero nos reímos mucho”. Las actitudes truculentas, las poses de gran señor, el querer impresionar como lo más solemne, no es humano. En muchas ocasiones hay que quitarse la corbata y hablar boberías. Habría que añadir una bienaventuranza: “¡Dichosos los que se ríen mucho, hasta de ellos mismos, porque esos no gastarán en siquiatras!” Un santo agradable es San Felipe Neri, de vida austera, mística y de mucha sonsa. Una vez se rasuró la mitad de la barba, para que los demás se rieran de su aspecto. Y otra vez, cargando una bota de vino, invitó a San Ignacio, muy adusto, a que se diera un trago. Era inmensamente profundo y místico, pero ante los demás una persona con una sonrisa siempre en la boca.


Si la actitud positiva ante la vida es necesaria para cualquiera persona, mucho más para los que han decidido, como misión divina, construir un hogar. La amargura debería ser su mayor pecado, sobre todo, porque acaba amargando a los de su casa. Una que otra vez hay que quitarse la corbata y las actitudes pontificales. No hay que tomar la vida muy en serio; como quiera no saldremos vivos de ella. Y en el examen de conciencia de la pareja podría escribirse otra pregunta: ¿cuantas veces nos hemos reído juntos hoy? Un superior general jesuita, el Padre Kolvenbach, vivía una vida de estreches como monje. Pero con cara seria se le escapaban muchos comentarios llenos de humor. Como quien dice: “A ti te lo digo Juan, para que lo entiendas Pedro. Al Señor Jesús casi siempre lo pintamos con la seriedad de la divinidad que habitaba plenamente en El. Pero me dio devoción verlo en una estampita en explosión de risa. Algo le dijeron, o algo pasó, en que sobresalió su humanismo real. Lloró por su amigo Lázaro muerto, a quien iba a revivir. ¿No se sonreiría muchas veces ante la ingenuidad de Felipe, o las bravatas tontas de Pedro?” La tarea matrimonial supone una cruz humana. Hay que criar unas buenas espaldas para que ni adviertas lo que estás cargando. Agua y Ajo.



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