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  • Padre Jorge Ambert, S.J.

Regalos de boda

Los “casados en el Señor” están de plácemes: El primero en darles regalos de boda es el mismo Jesús, su amigo. Dios, Creador del matrimonio, es bueno con todos y concede a los casados un tanque de 20 galones para mantener activo ese motor de su relación mutua. Pero a los “casados en el Señor”, los sacramentados, les añade un tanque de reserva; como la palanquita de los viejos volkis para la milla adicional hasta la gasolinera próxima.

Es el prodigio nacido en Caná. Dos jíbaros esposos, en el inicio de su relación como pareja, lo celebran con el gozo asequible a ellos en el momento: Bailar y tomar vino. Pero parece que no calcularon bien el número de invitados. Se acabó el vino, se aguó la fiesta. Y Jesús, empujado por María, les libra del bochorno. Ellos dan lo que tienen: Agua.  Y Jesús el mejor vino.

El primer regalo, o gracia, es la fuerza de Dios para conseguir ‘el uno con una para siempre’. Es una tarea, en momentos, sobrehumana. Si casarse fuese encontrarse con fulana los viernes a las 10:00 sería más fácil, pero es con esa en convivencia continua. Si casarse fuera con varias para ir alternando, se suaviza. ¡Pero es con una sola! Hace falta, pues, una fuerza adicional para conseguir la convivencia perfecta. Es el vino de Caná. Ellos dan su buena voluntad, su deseo genuino de perseverar en la tarea. Pero eso es agua, como todo lo humano. Jesús les añade un plus: El vino, figura del banquete celestial prometido a los que perseveran en su reino.

Esta gracia la expresa así el Concilio Vaticano II: “Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (G et S.48). Esa es la fuerza para que en los momentos duros puedas exclamar: “Yo no tengo sentido sin ti, con todos los errores y todos los defectos que tengas. Mi amor los tratará de disminuir”.

No es posible comprobar matemáticamente esta gracia para caminar la milla extra. Sin embargo, la hemos visto en acción. Cuando esa pareja sufre ante la cama del hijo moribundo, con resignación y mutuo apoyo, sabemos que en medio de ellos hay un poder para que sean menos egoístas y más fuertes y constantes de lo que son naturalmente. Cuando él se aleja de otra, a quien ha llegado a amar con igual o más pasión que a su esposa, y lo hace porque siente la fuerza para darse una nueva oportunidad y darla a su cónyuge, le está empujando esta gracia.

En los Talleres de Renovación Conyugal he tenido esa experiencia: Parejas donde humanamente no aparece el punto de encuentro. Se han agotado todas las posibilidades de arreglo, y el esfuerzo termina en “tendrán que separarse, pero háganlo al menos en paz, sin añadir más dolores a este proceso”.  Y en la despedida del Taller me dicen: “Vamos a intentarlo de nuevo”. Y yo por dentro pienso: “Es la gracia del sacramento que comienza a actuar”. Jesús tiene mucho interés en que el ‘sí’ que pronunciaste permanezca. Y para eso te ofrece su poder.  Ese ‘sí’ produjo su presencia entre ustedes dos. Ustedes, le interesan mucho y les ha dicho: “No quiero que se vayan solos. Quiero ir yo de pegamento. Quiero ser el árbitro en las dificultades que sobrevengan”. La gracia sacramental es eficaz. Si no consigue su efecto, es por la parte humana que impide que se consiga. Los que participamos de cerca de las luchas de parejas por permanecer en el compromiso testimoniamos la fuerza de la gracia para vencer dificultades al parecer insolubles.  Como decía uno: “Nosotros, los casados, somos los únicos que podemos hablar con completa autoridad sobre lo sacramental del matrimonio, porque somos los únicos que experimentamos también su misterio”.


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